“Arden mis pulmones, me duelen los músculos, mi cuerpo no responde”

La gran bracista australiana Leisel Jones ha publicado un libro en el que relata la angustia y depresión que sufrió tras proclamarse campeona olímpica en 2008 (100 braza). Jones, de 30 años, cuenta como incluso pensó en el suicidio durante una concentración en altura en España en 2011, cuando tenía 26 años. “Estaba sentada en el baño con pastillas para dormir planeando cómo bajar a la cocina a robar un cuchillo para matarme”. El descarnado relato de Jones, la australiana que más medallas olímpicas ha ganado tras Ian Thorpe, remite a las experiencias vividas por otras estrellas como el propio Thorpe, Grant Hackett, Anthony Ervin o Allison Schmitt. “Seguro que la gente puede sacar algo positivo de mi historia”, afirma Jones, que compitió en cuatro Juegos Olímpicos; en los primeros con 15 años.

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En 2011 me dirijo a un centro deportivo de alto rendimiento en Sierra Nevada, España. Sierra Nevada es ridículamente hermosa. Una espectacular cadena de montañas, con sus picos llenos de nieve al sur de España […]. Estamos aquí para hacer una concentración en altura, y este lugar ofrece lo que buscamos. Gran parte de la cordillera supera los 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Salimos del aeropuerto y la sensación es que respiramos a través de una pajita. Falta el aire. Será imposible hacer aquí el mismo entrenamiento que hacemos en casa. Es demasiado difícil. Caminar –incluso dormir- formará parte del entrenamiento, nos dicen. Los entrenadores esperan que uno de los resultados sea la pérdida de peso. Hasta un kilo al día. Miro al cielo encapotado, cubierto de nubes y gris como mi estado de ánimo. El pronóstico del tiempo no falla, hemos sido advertidos. Me estremezco y me apresuro a subir al autobús.

Aún estoy temblando cuando al día siguiente nos sentamos a almorzar. No puedo entrar en calor en este lugar. Mis dedos están fríos y muertos, entumecidos. No recuerdo el nombre, tampoco. No me quito la sensación de tener el cerebro adormecido.

Estoy confusa; en absoluto soy yo. Y lo peor es que estoy llorando y temerosa, no sé por qué. Cuando en recepción me entregan la llave de mi habitación y me dicen que disfrute de la estancia me siento abrumada, tengo la sensación de que esto no va a terminar bien para mí. ¿Por qué? En el ascensor percibo que me falta aún más oxígeno. ¿Qué me pasa? Tengo que controlarme. Me doy una sacudida y me digo que tengo que seguir adelante con el trabajo. Sin embargo, cuando camino hacia la habitación estoy temblorosa, en blanco. Es una habitación espartana, con dos camas, un televisor y un escritorio. Hay una gran ventana que da a una pista de atletismo vacía y desde la que se pueden observar las montañas. Es como la habitación de un hotel barato. Comparto habitación con Ellen Gandy, una mariposista británica nacionalizada australiana, pero aún no hay rastro de ella. Trato de recordar si la vi en el aeropuerto. Trato de recordar todos los detalles de la mañana. El aterrizaje, la aduana, el trayecto en autobús al centro deportivo; incluso el vuelo… Todo es borroso. Es la primera vez que entreno en altura. Nos han dicho que afectará a todos los sistema de nuestro organismo: cardiovascular, nervioso, endocrino… “Incluso su estado mental se verá afectado”, nos dicen; “el entrenamiento será difícil y puede pasarles factura anímica”. Quizá por eso me siento horrible. Ignoro el hecho de que me encuentro mal antes incluso de aterrizar en Málaga.

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La idea es permanecer en Sierra Nevada un par de semanas y luego regresar a casa. Entonces nos sentiremos como dioses. Vamos a devolver a la gloria a la natación australiana. Han sido unos años tranquilos después de los éxitos de Sydney 2000 y Pekín 2008. Los gestores de la natación australiana están dispuestos a detener la caída. El entrenamiento en altura no es sólo para los nadadores. Hay atletas, futbolistas, baloncestistas, incluso gimnastas. También está Cadel Evans, que prepara el Tour en un hotel cercano […].

Desde el primer día el entrenamiento es durísimo. Es lento, cansado y terriblemente frustrante. Mis pulmones arden, mis músculos duelen, mi cuerpo no responde. Todo el mundo parece gozar y yo lo intento…Nadie quiere entrenar con alguien que está arrastrando los pies. Uno de mis amigos me saca una foto con un plátano en la boca como si estuviera sonriendo. Nos reímos, pero detrás de mi falsa sonrisa estoy desesperada. Trato de utilizar la poca energía que me queda tratando de ser positiva. Mi viejo yo, dondequiera que esté. “Lo tienes que superar”, me digo a mí misma. “Esto no es para siempre”, pienso, “dentro de poco estaré en casa”. Tengo que dejar de sentir lástima por mí misma. Pero no se trata sólo de esto. Tengo frío y estoy agotada, vacía. Converso con mi psicóloga deportiva, Lisa, a través de skype. Es temprano para mí y de noche para ella, que está en Melbourne. Como siempre, es paciente y amable. Quiere saber cómo me siento, como lo afronto. “Mañana vamos de excursión a la montaña”, le digo; “nuestro entrenador quiere que caminemos 20 kilómetros”. “Haz una cosa por mí”, me dice Lisa; “a la vuelta quiero que me informes de todos los detalles: cómo olía, lo que viste, los sonidos, cómo te sentiste… Todo”.

A la mañana siguiente nos reunimos para la caminata. ¿Habéis cogido las gafas de esquí?, pregunta el preparador físico, Jeremy. Por lo visto, habrá un montón de nieve y hielo. “¡Yo ya tengo las mías!”, grita Tay Zimmer, un espaldista de Warrnambool mientras hace girar las gafas de nadar enrolladas en un dedo. Todo el mundo ríe menos yo. “Olvídate de las gafas”, murmuro; “lo que te hará falta es un tubo sangriento”.

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El aire hoy es tan escaso como jamás había imaginado. Caminaremos durante cuatro horas al aire libre; preferiría estar en mi casa. Es todo lo que pienso: llegar a casa. Algunos de mis amigos han estado jugando al fútbol entre sesiones de entrenamiento durante los últimos días, y no entienden por qué no participo. Normalmente lo haría. Por lo general, soy la primera en ofrecerme, poner motes absurdos, organizar los equipos… Pero ahora apenas puedo moverme. “Todo era azul”, le digo a Lisa a través de skype esa noche. “Azul limpio y fresco. Podía oler los pinos y el sonido de las rocas, el crujido del hielo bajo mis botas”. “Eso está bien”, dice ella; “es verdaderamente bueno” […].

Cada mañana, antes de entrenar, pasamos por la balanza para pesarnos. No adelgazo. En todo caso, gano gramos. Estoy comiendo menos, entrenando duro y, de alguna manera, debo estar en el peso idóneo. Pero mientras alrededor todos pierden peso, algunos un kilo cada día, ¿qué me pasa? Quiero gritar. Ya que no puedo regresar a casa, todo lo que quiero hacer es sentarme en mi habitación y estar sola. Me paso horas allí. Cuando no estoy en la piscina, estoy en mi habitación. Deseo que todo esto termine. La habitación es tan rancia como cuando llegamos. Aparte de algunas prendas de Ellen y algún que otro libro no hay señales de que alguien esté viviendo aquí. Mis cosas están aún en la bolsa, listas para una escapada rápida. Pero la habitación me ha absorbido. Es un animal, un monstruo. Llamo mi madre llorando y le digo que tengo que volver a casa. “Vas a estar bien”, me contesta. Si ella supiera lo que pasa por mi cabeza. Trato de escuchar música, ver películas, todo aquello que normalmente me hace feliz […]. Pero no estoy bien; odio mi vida, ¿quién soy yo si no soy una nadadora?

Mientras la nieve cae fuera, una gris tarde en España, me siento en el suelo del baño con pastillas para dormir y planeo cómo bajar a la cocina y roba un cuchillo para matarme. Voy a empezar por las piernas, con las grandes venas de mis muslos […].

Veo un mensaje de texto en mi móvil. Es de uno de los técnicos del equipo. “Estamos tomando un café con Caden Evans, por si te quieres unir”. ¡Joder! ¿Va en serio? Me quiero suicidara ahora mismo, tengo la intención de cortarme las piernas y los brazos y me dicen que Evans está abajo. ¿Crees que me importa una mierda? Borro el mensaje y estampo el móvil contra el suelo.

Me quedo en el suelo un par de horas. Tiemblo y sollozo. Lo puedo hacer, lo puedo hacer. Voy a hacerlo a mi manera. De repente, descubro que no estoy sola. Alguien llama a la puerta. Me arrastro por el suelo hacia la puerta de la habitación. “¿Leisel? ¿Leisel?”. Abro la puerta y me desplomo. La moqueta es confortable comparado con las frías baldosas del baño. No puedo hablar. Mi entrenador me dice: “Leisel, tenemos que salir para que te dé el aire”.

Final de 100 braza de los Juegos de 2008

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7 Respuestas

  1. Jacintoh dice:

    No sé si es por una deficiente traducción pero no entiendo la novela que cuenta esta tía o tal vez la pava australiana sea tonta de capirote pero en el artículo hay un montón de absurdos y contradicciones como cuando dice “Sierra Nevada es ridículamente hermosa” no sé como pueden combinarse esos dos adjetivos o “podía oler los pinos y el sonido de las rocas” que habrá sido en sueños porque en Sierra Nevada apenas hay pinos y las rocas que alguien me diga como suenan y también me explique lo que es un “tubo sangriento”.
    Tampoco sabía que los atletas de élite tomaran pastillas para dormir y finalmente habla de cortarse las “grandes venas de mis muslos” y es que en el vídeo de Pekín todavía tenía un pase pero en Londres lo grande no, enorme, era todo, muslos, culo, barriga…
    http://www.smh.com.au/olympics/swimming-london-2012/jones-not-in-london-for-a-holiday-coach-insists-20120725-22o5z.html
    … tal cual comenta un usuario del foro del artículo, parece que se pasa el día sentada delante de la tele comiendo patatas fritas.

    • Juan Pérez dice:

      Como siempre tan respetuoso y sensible, Jacintoh/Edelmiro/Meteoro. El aspecto físico de las fotos tiene que ver con la profunda depresión que sufría, como cuenta en el libro. Con respecto a la traducción, lo cierto es que no se me ocurrió otra cosa para “bloody snorkel”, que es lo que ella escribe en su libro. Por otra parte, la pava australiana ha sido una de las grandes bracistas de la historia, sé un poco más respetuoso hombre.

      • Edelmiro dice:

        Una cosa es sensibilidad y otra sensiblería, Juan Pérez, no sé por qué una depresión ha de provocar obesidad, en los casos que yo he conocido era más bien al contrario, anorexia.
        Lo que dice Jacintoh, al que tú también deberías tratar con más respeto, es completamente cierto porque los nadadores australianos parece que están un poquito tocados del ala, mira si no los casos de Thorpe, Hackett o D’Arcy y ellas igual, algo pasa en las antípodas que trastorna las cabezas, sólo hay que ver las meteduras de pata de su primer ministro Tony Abbott…
        http://www.elmundo.es/internacional/2015/04/19/55335668ca47417a3a8b456f.html
        o aquel otro, John Howard que criticó duramente a España por salirse de la guerra ilegal de Irak…
        http://elpais.com/diario/2004/10/05/internacional/1096927220_850215.html

      • Speedman dice:

        Creo que una traducción mas adecuada de “bloody snorkel” un maldito/jodido tubo. “Bloody Snorkel” seria la manera suave de decir “fucking snorkel”

        Por cierto podrias pasarme el enlace al texto original? Con la traducción imagino que se habran perdido algunos matices 😀

  2. Speedman dice:

    Aunque no comparto la manera de expresarse de Jacintoh, esta vez estoy bastante de acuerdo con el. Las contradicciones que se describen son evidentes. Por otra parte, la historia esta demasiado novelizada, dudo mucho que alquien que se plantee suicidarse pueda pararse a pensar en algunos de los detalles que aquí se escriben. No digo que no pensara en el suicidio, pero la manera de la que esta descrito y el hecho de ser probablemente la parte que mas se conozca en internet me hace pensar que lo utiliza como un gancho para aumentar las ventas.

    Se que voy a sonar muy incorrecto, pero suicidarse siempre me ha parecido la solución facil. Como no puedo con la vida, pues me retiro de ella. Por muy mal que esten las cosas siempre hay una salida. En su caso era ademas muy facil si tan angustiada estaba pues lo deja y punto.

    Hay quien me dira que claro, que si no lo vives no puedes hablar de ello. Pero yo hablo desde la experiencia que ha pasado de tener mucho a derrepente no tener nada (y no estoy hablando solo deportivamente) y aunque estaba triste y deprimido, la idea del suicidio jamas se me ha pasado por la cabeza, ni nada parecido. El tiempo además me da la razón porque ahora estoy muy agusto con mi vida.

    • Speedman dice:

      Se me había olvidado escribirlo arriva. La primera vez que entrene en sierra nevada la recuerdo como uno de los mejores momentos de mi carrera natatoria. Ni mucho menos como algo gris y sobrio. Y eso que era en enero y hacia un frio que pelaba.

      En cuanto a la sensación de ahogo, no era para tanto. Es decir se notaba en los entrenamientos bastante que faltaba aire, pero en unos dias se acostumbraba uno. Y eso que yo vengo de una ciudad al nivel del mar.

      En fin, supongo que todas esas sensaciones vendrian de la depresión. Depresión que como ya he comentado antes no logro entender, pero eso se lo reservo a los psicologos

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