La difícil gestión del éxito

Imagine que la natación es lo que más ha disfrutado durante 15 años pero de repente siente que no tiene motivación alguna cuando se tira a la piscina, un terrible abatimiento, una sensación casi autodestructiva. Eso fue lo que le ocurrió a Allison Schmitt tras los Juegos de Londres 2012.

aAsí arrancó hace un año un reportaje de la CNN sobre la campeona olímpica de 200 libres en 2012. Schmitt, de 27 años ahora, no es un caso aislado en la élite mundial. A la nadadora americana le sobrevino la depresión tras proclamarse campeona olímpica. “Allison”, llegó a decir el entrenador de Michael Phelps, Bob Bowman, “es la última persona que imaginaría deprimida. Es alegre y feliz”.

Schmitt, Phelps, Missy Franklin, Cassie Patern, Ian Thorpe, Grant Hackett… Todos estos campeones y medallistas olímpicos han confesado que tocaron fondo en algún momento de sus exitosas carreras deportivas.

¿Existe alguna relación entre la natación competitiva y la depresión? Hay estudios que así lo atestiguan, como el realizado en 2013 entre 50 nadadores y nadadoras de competición canadienses. Éste concluyó que la exposición a síntomas depresivos es mayor cuando los resultados no son satisfactorios entre los deportistas.

Michael Phelps ha desvelado sus malos momentos: “Puedo decir honestamente que he estado deprimido media docena de veces, que tengo ansiedad y trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Son cosas que me hacen más humano. A ver, yo pensé en el suicidio y dos años después era el tipo más feliz del mundo porque tenía las herramientas adecuadas y estuve dispuesto a cambiar y mejorar”.

Phelps, Franklin, Schmitt, Pattern, Thorpe o Hackett han hablado abiertamente de sus problemas mentales, pero la natación competitiva esconde otros muchos casos desconocidos o semidesconocidos. En la mayoría de ellos hay un elemento común: son nadadores que consiguieron grandes éxitos muy jóvenes, siendo adolescentes. “No creo que sea algo relacionado exclusivamente con la natación”, afirma un psicólogo deportivo consultado por Natacción; “tiene más que ver con las expectativas generadas, la presión del entorno, el miedo al fracaso. Esto ocurre en otros deportes y también en el mundo del espectáculo. A los 15, 16, 17 años, es muy difícil lidiar con el éxito”.

Al año siguiente de los Juegos me sentí perdida“, reveló la británica Cassie Patern, bronce en los 10km de Londres 2012; “Estaba deprimida, muy triste. Hubiera deseado llegar a la piscina y nadar, pero me sentaba a llorar. Fue horrible“.

xMissy Franklin ganó cuatro medallas de oro en los Juegos de 2012. Tenía 17 años. Un año después, en los Mundiales de Barcelona, se colgó cinco oros entre pruebas individuales y relevos. Recientemente ha revelado que dos meses antes de los trials olímpicos de 2016 le diagnosticaron depresión, insomnio, ansiedad y un trastorno alimenticio. Sus problemas se acentuaron con una lesión en los hombros que le obligó a pasar por el quirófano el pasado mes de enero. Tras los Juegos de 2012, Franklin estuvo dos años en la Universidad de California y en el verano de 2015 se convirtió en profesional. Ahora, como otras estrellas americanas, habla con naturalidad sobre sus demonios.

Convertirte en referente tan joven tienes sus riesgos si no tienes un entorno sólido y sabes manejar la presión”, opina el experto antes consultado; “Desconozco el caso de Franklin, pero quizá se vio obligada a poner buena cara en todo momento, a ser simpática cuando no le apetecía; en cierta manera, puede haber algo de impostura forzada, y eso es peligroso”. “Me gusta tener mi espacio”, asegura la nadadora americana; “tener tiempo para ir al cine, aislarme con un libro después de una competición. Me encanta estar con la gente, pero a medida que cumplo años valoró más la soledad. Necesito esos momentos de soledad y reflexión”.

bAllison Schmitt ganó tres medallas en Londres 2012. Tenía 22 años. Estudiante de Psicología en la Universidad de Georgia, un año antes de la cita olímpica aparcó los estudios para centrarse en los entrenamientos. La depresión le llegó justo después del éxito. Cualquier cosa le sacaba de quicio. Se enfadaba por no tener la marca de bebida energética que le gustaba. “Pensaba: ‘este es el peor día de mi vida’”. La campeona olímpica ocultó sus males a su entorno. “Pero yo sabía que algo no iba bien cuando me llamó un día llorando después de Londres”, contó Bowman. Su entrenador en Georgia, Jack Bauerle, creyó que era algo pasajero, el típico bajón post-olímpico. Pero en el caso de Allison estaba durando demasiado. Phelps, que ya las había pasado canutas, percibió a principios de enero de 2015 que a su compañera de entrenamientos le pasaba algo. Le ofreció ayuda; le aconsejó acudir a un especialista. “Acepté el hecho de que necesitaba ayuda”, explicó la nadadora.

El psicólogo deportivo Scott Goldman, de la Universidad de Michigan, considera que es lógico que algunos atletas se desanimen tras una gran competición como los Juegos Olímpicos. “Das todo lo que tienes por algo, y cuando ese algo termina te sientes vacío. Para muchos de ellos, es una montaña rusa de emociones. Es una transición difícil: de ser a nadador a dejar de serlo”. Para algunos, explica Goldman, el trauma post-olímpico puede ser tan complejo de asimilar como el fallecimiento de un ser querido o el final de una relación sentimental.

 

 

 

 

 

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